Hambre en medio de los alimentos
El Perú, como ahora ya lo saben chicos y grandes, es uno de los países más ricos en variedad de alimentos, gracias a su biodiversidad. La paradoja consiste en la existencia de diversos factores que impiden tener una población debidamente alimentada, integrada y fuerte, con niveles culturales que deberían ser de los más altos en Latinoamérica y en el mundo. Aunque somos uno los países más ricos del mundo en variedad de alimentos, somos a la vez uno de los marcados seriamente por la pobreza y la desnutriciòn de importantes sectores de la población.
Se pueden ensayar explicaciones para darle una envoltura de terciopelo a esta realidad.
Una de las varias explicaciones se relaciona con la reacción asumida ante la fuerza incontenible de la modernidad. Sucede que no siempre se asimila de la mejor manera el cambio hacia las nuevas formas de vida, que tienen una alta presencia de nuevas tecnologías y exigen nuevos hábitos, para adecuarnos positivamente en el manejo del tiempo ly del dinero, de tal modo que aseguremos el sustento de nuestra familia y un desarrollo social sostenido y favorable.
Hay absurdos que van en contra del bienestar, cuando nuestras actitudes son envueltas por la moda, la propaganda o el espejismo del progreso.
Y entonces, uno puede quedarse de hambre habiendo alimentos a la mano. Así ocurrió con el cambio de hábito entre los campesinos, luego de la segunda guerra mundial y en el momento en el cual se produce el enorme desarrollo de los Estados Unidos, junto al cambio de poder de la libra esterlina en favor del dólar. La papa, el cuy, la leche, el queso, la carne y otros productos del campo fueron llevados al mercado. Los productores dejaron de consumirlos, porque se entregaron a la moda del consumo de los productos industrializados, con mayor reverencia si se trataba de marcas extranjeras. Comenzó el afán por el dinero, aun a riesgo de quedarse de hambre.
En nuestros días, este defecto debe subsanarse. Las tentaciones de la importanción indiscriminada pueden llevarnos al absurdo de dejar de comer para tener dinero. Creo que lo sensato es hacer como los mejores campesinos de todas partes; Primero, asegurar nuestro consumo, con un cálculo hasta la próxima cosecha. No se debe poner en riesgo nuestras vidas, vendiendo lo que necesitamos para la supervivencia. Ciertamente, en el plano técnico, se trata de programaciones bien ejecutadas, a mediano y largo plazo.
Felizmente, se van dando señales positivas para mejorar el alimento cotidiano, el cual a la vez debe ser revestido de las suficientes garantías de calidad, según las normas internacionales. No es coherente que, por ejemplo, los alimentos de exportación sean debidamente calificados en sus distintos valores de nutrición y salubridad, mientras nuestros paisanos coman lo que queda.



