Azoteas,...benditas azoteas!!!!...
Conté a un amigo lo que ahora comparto contigo.
Arribé a la gran ciudad un mes de junio lluvioso y me hospedé en un modesto hotel ubicado cerca del corazón de la urbe. Mi habitación estaba en el tercer piso del edificio color cemento y la única ventana daba hacia las azoteas de varias edificaciones cercanas. Ni un solo árbol, ni arbusto.
Me llamó la atención especialmente una casa de dos pisos. Tenía una azotea excepcional, fuera de los alcances de mi imaginación ligada especialmente a la vida de campo, que me impactó sobremanera y a la cual presté la misma antención que hasta entonces había dado a los mejores cuadros de pintores famosos para descubrir los misterios que cada uno encerraba.
En este caso, todo era más fácil. Era evidente que la tal azotea no había sido limpiada por lo menos dos o tres años. Quién sabe, nunca. El objeto central era un viejo sillón de dos cuerpos profundamente destartalado, que había soportado ya los embates de las lloviznas, del viento y de la humedad intensa de los inviernos. Era difìcil determinar el color que lucía mientras era útil en la sala de la vivienda. Ahora, tenía gran cantidad de polvo encima y algunas latas vacías muy oxidadas.
Las latas no solo adornaban el sillón de otro tiempo. Las muy oxidadas venían posiblemente de tres inviernos atrás. Puro óxido. Otras, algo menos, de un año acaso. Un tercer grupo, las latas de leche incluso con el papel donde se leía la marca. Las latas arrojadas recientemente, más cerca de la puerta de la vivienda. Siempre en la azotea.
Creo que la tarea de los miles de voluntarios que buscan desechos para el reciclaje ha hecho que estas escenas disminuyan, en lo que a las latas y al plástico se refiere. Pero las pobres azoteas siguen soportando multitud de desperdicios de todo orden y la ciudad dista mucho de ser bonita. El concepto de higiene no existe o es lamentable. La higiene de apariencias no sirve. Esa higiene no existe.
También las azoteas tienen que ser bellas, como las que luego me causaron emoción en un cuidado suburbio de la misma gran ciudad. Llegué hasta el sexto piso de un edificio de departamentos, para luego disfrutar de la azotea. Era una bella azotea que daba hacia el mar y acogía diversidad de plantas decorativas en plena floración. Igual que ahora, eran días de un verano delicioso.
Las brisas del Pacífico llegaban con una suavidad que para mí resultó excepcional. Riqueza de belleza natural y de arquitectura moderna de costa. La otra cara de la azotea de las latas. Esto es posible, pero requiere una actitud que nace en la convicción de que nuestro entorno es tan importante como el aire que respiramos. Creo que efectivamente todo lo que nos rodea es lo que respiramos, el aliento cotidiano para las ganas de vivir.
Debemos evitar que alguien más diga lo que un extranjero dijo una vez entre nosotros: Desde el avión, la imagen de esta ciudad parece la de un lugar que ha sufrido un bombardeo .....



