Abigail se fue sin respuesta...
Para la gente cuadriculada, posiblemente hoy, Día de San Valentín, no debe escribirse nada como lo que nos lleva a usar una vez más la red . Es que debes leerme y escucharme, por lo menos una vez.
Abigail Casique es una niña sordomuda que hace siete años nació en Moyobamba, en una familia muy pobre, sin recursos para asegurarse el alimento cotidiano. El padre, un hombre noble que solo sabe trabajar las chacras ajenas. La madre, que cuida de los hijos. Se vive como se puede.
Muy vivaz, muy alegre, con toda la sonrisa que ella, tan delgada, a la vez víctima de anemia, puede arrancarle a los instantes, Abigail llegó a Lima, en ómnibus, acompañada de mamá, hace quince días, para ver la posibilidad de recobrar la audición perdida a los dos años, luego de una fiebre que casi acaba con su vida.
Había el ofrecimiento de una empresa para hacerse cargo de los exámenes necesarios y de la compra de audífonos. Se cumplió con cierta demora todo lo primero. Pero la empresa cambió de conducta cuando llegó el momento de comprar los audífonos. Alguien quiso conocer a la niña, mostró un rostro de nobleza, dibujó la esperanza de que todo se resolvería, pero finalmente mató los sueños de Abigail, de su familia y de quienes la acompañaron para darse finalmente contra la nada.
La madre se quebró en su impotencia. Y Abigail entendió, a la vez, que el camino se había cerrado. Lo manifestó claramente, porque el lenguaje gestual de esta niña es altamente expresivo. Tanto amor y no poder hacer nada contra el dinero, diríamos en tono vallejiano. Los muros eran más gruesos que nunca, fríos, indolentes, con una soberbia irracional. Nadie escuchaba que Abigail musitaba su sueño, aun en las últimas horas que le quedaban en Lima.
Mamá pidió que le obsequiaran los pasajes, a la misma buena persona que había hecho posible el viaje a Lima. Y así fue. En medio del infortunio, Abigail se despidió con sus besos inocentes, de quienes la conocimos en su veloz captación de los enredos que tiene este mundo. Siempre será un misterio lo que esta experiencia fue para ella.
En los momentos que siguieron a la primera ausencia de Abigail, muy lejana, o acaso cercana, acaso profunda, a quién le importa, se escuchaba una antigua pero exacta música, casi como pérfido lamento. Era "Mano a mano", en la voz de Gardel.



